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Nuestras explicaciones e historias que nos contamos forman y mantienen nuestras costumbres, además de orientar y organizar la acción. No importa lo detalladas y precisas; que parezcan, sólo son historias, no son hechos.¿Cómo nos pueden servir las historias?Las historias pueden ser útiles sino nos atamos demasiado a ellas. Siempre existen otras historias posibles de los hechos, las que no habíamos imaginado o escuchado.

Los problemas los declaramos por medio de la definición y un cierto acuerdo social de lo que llamamos problema, éstos son fenómenos del lenguaje, no existen en si como problemas. Sin embargo, no significa que carezcan de importancia o que son irreales. Para que los problemas se mantengan vivos, debemos hablar de ellos, requieren estar en alguna conversación.

Muchas veces podemos aplazar el actuar, hasta que el “problema” domina toda nuestra conversación, pero a la vez, los problemas también pueden desaparecer si hablamos de otra manera o dejamos de hablar de ellos, aunque las circunstancias asociadas permanezcan intactas.

Si cambiamos nuestra mirada habitual, pueden aparecer un conjunto de distinciones nuevas que nos pueden permitir tomar acciones diferentes e impensadas. Por esto un ligero cambio en el observador puede cambiar totalmente cambia nuestro espacio de posibilidades. Si cambiamos la conversación ocurre algo similar. Las explicaciones intentan sintetizar y plasmar modelos de vida a través de las palabras.Esto a veces significa acrecentar en forma errónea la importancia de ciertos sucesos, para dar coherencia y cabida a las explicaciones en nuestra vida cotidiana, lo cual puede generar interpretaciones sin mayor fundamento.

En nuestras vidas, todos los instantes cuentan no solamente aquellos que elegimos o vemos que están asociados en nuestra narrativa. Al no tomar en cuenta estos hechos, probablemente intrascendentes, la importancia de los pocos momentos que destacamos está distorsionada.

Siempre que contamos nuestra historia dando consejos a otros de que nos resultó o resulta para resolver nuestros problemas, sólo podemos hacer eso, contar nuestra historia, no sabemos que funcionó o qué nos funciona, sólo conocemos nuestra historia, la historia que contamos, sin embargo nuestras historias acostumbran a cambiar sin darnos cuenta o sin aviso. Podemos dar consejos que nunca hemos seguido y nosotros mismos somos incapaces de cumplir.

Una narrativa es una historia que alguien cuenta.

Una narrativa es una historia que alguien cuenta. Las narrativas no son relatos o registros de eventos, son las historias que las personas realizan con el propósito de explicar, justificar y dar coherencia a través del tiempo, a sí mismas y a su entorno.

Si observamos el amor como se entiende a partir de Romeo y Julieta, aparece una historia romántica que explica y da coherencia a una forma de relación entre un hombre y una mujer, la cual perdura hasta nuestros días. En esta historia romántica occidental al mirar hacia atrás, nosotros nos contamos una historia acerca como vivimos, lo que somos y como llegamos a serlo. Es una autointerpretación. Al explicar, justificar o dar coherencia a nuestra historia, producimos un cuento acerca de lo que somos y cómo llegamos a ser quienes somos.

Vivimos en estas narrativas. Lo que llamamos nuestros valores, nuestros intereses y nuestros estándares para vivir, están fundados en dichas narrativas. No se piensa en estas narrativas tanto como se actúa a partir de ellas. Consistentemente con los estándares de acción y con las acciones de justificación personificadas en ellas.

Todos nosotros caemos en estas narrativas. No son historias personales acerca de la vida de una persona, son sociales e históricas. Cualquier persona se encuentra siempre inmersa en narrativas que le preceden y que son mayores que su propia existencia.

Las conversaciones de la vida de una persona ocurren desde estas narrativas históricas. Ellas fundamentan sus intereses, posibilidades y estándares para actuar y evaluar sus acciones y las ajenas, estamos en medio de estas narrativas antes de efectuar ninguna acción antes de hablar o escuchar en cualquier conversación.

Generamos nuestra identidad en nuestras conversaciones y acciones.

Hay varias manera de abordar la identidad, lo que haré en este momento será abordarla como campo de conversaciones donde nos revelamos como personas. Una manera de ellas es abordarla en relación a las promesas y la confianza, pero en este momento la abordaremos desde las auto-narrativas.

En nuestras auto-narrativas regularmente atribuimos a algún evento en particular una especial importancia en la formación de nuestra identidad. Por ejemplo, decimos que tomamos una decisión acerca de nuestra profesión o nuestra educación, sobre la base de un evento fortuito: un encuentro con una antigua amistad, una conversación con un familiar o la lectura de un libro con el cual nos encontramos.

La aparición del “yo”

Nuestra interpretación tradicional del “yo” nos lleva a vernos como seres humanos, y a la vez como poseedores de un “yo” interior que es independiente de nuestro cuerpo y de nuestra historia. Al “yo” le atribuimos un tipo de existencia inmaterial, que vemos como constitutiva de nuestra identidad única como personas. Entendemos a este “yo” como algo permanente, capaz de cambiar sólo lentamente (si es que puede cambiar del todo) y, por sobre todo, como algo privado. De hecho, tendemos a verlo como la parte más privada de nosotros mismos, que podemos esconder completamente de los demás si así lo deseamos. Frecuentemente constituye para nosotros un espacio interior, independiente de toda realidad externa, y a partir del cual podemos observar transcurrir al mundo.

Proponemos que no existe el “yo” interno.

Identidad pública

Generamos nuestra identidad en nuestras conversaciones y acciones. En esta interpretación nuestra identidad es tanto pública (compartida), como histórica. Por el contrario al sentido común, no construimos nuestras identidades solos. No somos los únicos inventores de nuestras identidades, ni tenemos la libertad de modificarlas como y cuando lo deseamos.

En nuestras conversaciones con nosotros mismos, incluyendo el relato de nuestro pasado, nuestros juicios y planes para el futuro, podemos abrir nuevas posibilidades, declarando nuevas y cerrando viejas posibilidades. En la medida que observemos más claramente los discursos históricos (próximamente abordaremos en extenso este concepto) en los cuales están insertas estas auto-narrativas, seremos más efectivos para hacer esto. Es importante entender que al declarar nuevas posibilidades para nosotros, estamos solamente estableciendo una dirección en la cual podemos, iniciar la construcción de una identidad para nosotros.

Creamos una identidad “en la danza de conversación y acción” en la cual nos involucramos con otros, en el escuchar de nosotros como posibilidades que provocamos en ellos y en respuesta a ese escuchar.

Producimos nuestra identidad, no en nuestro “ser interior”, sino en la red pública de conversaciones en la que participamos, la cual está inserta en una multiplicidad de discursos históricos y que está cambiando constantemente a través de nuestra participación y la de otros y en nuestras mutuas respuestas a dicha participación.