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Tomando Acción en la Crisis

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El momento actual de crisis financiera y económica, para la mayoría significa un momento de grandes quiebres; pérdida del empleo, caída en las ventas y utilidades, etc.. Sin embargo, estás crisis nos revelan también grandes oportunidades.

Para ser efectivos en estas circunstancias, no es necesario ir a los extremos: desde la arrogancia de observar a los otros como ciegos y agobiados mientras nosotros descubrimos las oportunidades nunca antes vistas, asumiendo que somos los únicos capaces de verlas y aprovecharlas; hasta la cautela excesiva, en que el único propósito es sobrevivir, postergando acciones imprescindibles para la estructura del negocio. Los extremos no son recomendables, si de verdad queremos tomar acción y no sólo hablar de la acción.

Miremos al mercado, siempre en estos momentos es posible revelar desperdicios en las relaciones con nuestros clientes, la ausencia de prácticas y prácticas no efectivas en la relación comercial, muchas ventas que en realidad son reactivas a los pedidos de clientes y no son producto de ofertas de nuestros vendedores, relaciones poco sólidas con los clientes, etc.. Hay muchas áreas donde podemos intervenir, generándo cambios y valor en estos momentos de contracción económica. No hablo de casos hipotéticos, pienso en casos concretos basados en observaciones de compañías con las cuales interactuamos y que no se diferencian mucho de otras en sus mismas industrias.

Éstas tienen oportunidades únicas para transformar su estilo comercial, introduciendo nuevas prácticas en sus equipos de venta, avanzando desde el tomar pedidos a vender, cultivando relaciones sólidas y cercanas con los clientes, evitando así la pérdida sistemática de sus clientes, mejorando la efectividad de la acción comercial incrementando la productividad de la acción de ventas. Todo esto es posible de producir en muchas industrias y negocios, a pesar de la crisis.

Mirando hacia la operación de las compañías también hay oportunidades. En un contexto de crisis, siempre se nos revelan áreas de reducción de gastos, las que en otros contextos de mayores ingresos permanencen ocultas: áreas de baja productividad en que es posible modificar estándares o incluso rediseñar procesos, reduciendo y eliminando todas las acciones que no le producen valor al cliente o al negocio pero que fueron heredadas de otros contextos o tradiciones. Emprender estás acciones nos generan no sólo ahorros, sino que mejoran la productividad y resultados del negocio. Esto no significa reducir áreas claves o estratégicas del negocio, muy por el contrario, implica poner mucha más fuerza y foco en las acciones que constituyen lo fundamental del negocio, identificando claramente las áreas de generación de valor.

Muy por el contrario al sentido común, en los momentos de crisis es necesario producir acciones con mucha más fuerza y foco, cultivar un estado de ánimo de resolución y ambición para producir transformaciones postergadas o que antes no aparecían como prioritarias. Estas áreas de acción no siempre es posible desarrollarlas y siempre dependen de la habilidad de los líderes para observarlas, generarlas y aprovecharlas, si titubeamos, nos basta mirar al mercado y siempre hay alguien que ya las está emprendiendo, avanzando donde nosotros podríamos estar haciéndolo.

El Agobio

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Los estados de ánimo nos cierran y nos abren a las posibilidades que decimos tener. Dentro de nuestra disciplina, los interpretamos como juicios automáticos que “nos ocurren” o en “los que caemos” automáticamente, y por medio de estos evaluamos las posibilidades que tenemos en la vida. Los estados de ánimo son los que evalúan por nosotros “qué es posible” y “qué no es posible”, De manera que se nos abren oportunidades o se nos cierran dependiendo del estado de ánimo en el que estemos. Básicamente los dividimos en dos tipos positivos y negativos, en los que unos nos abren posibilidades y otros nos frenan a la toma de acción.

En la mayoría de los casos estos son infundados, aunque de manera “racional” nos parezcan “obvios” e insalvables, y nos dejamos llevar por lo que estos nos dicen.

En las compañías es muy común el encontrar un estado de ánimo de agobio generalizado, en el que se “cae” o se “contagia”, el cual es un fenómeno que simultáneamente es lingüístico, histórico y biológico, porque nos permite observarlo tanto como juicios automáticos acerca de nuestras posibilidades, como sensaciones y posturas corporales. Por ejemplo, al preguntar acerca de cómo se esta en el trabajo, una reacción típica es decir que muy ocupados, que estamos llenos de trabajo y nuestras posturas y tono de voz cambian. O al hacer realizar trabajos en equipo, de igual manera nos cambia las tonalidades en la voz, según el tipo de manera en la que reacciona nuestro cuerpo.

Nuestro estado de ánimo nos permite sintonizarnos y existir en una comunidad o sociedad, donde se compartan interpretaciones, prácticas estándares y evaluaciones. Es común en las empresas que si alguien se encuentra en un estado de serenidad o resolución sea mal visto, porque da la impresión de que no esta haciendo nada o le falta trabajo. Asumiendo este estado de ánimo buscamos acoplarnos a los otros.

Acoplarnos a otros en el agobio, nos dificulta o impide tomar acción, nos paraliza, nos encierra en un círculo vicioso, que nos desgasta y no nos permite cumplir con las metas que tenemos, y el cual va muy de la mano con la resignación y con un sentimiento de no tener la capacidad para hacer cosas.

En lugar de resolver las acciones que realmente cuentan y las que nos permiten producir dentro de nuestro rol y nuestra vida, nos enfrascamos y distraemos en actividades inútiles donde lo importante es que tengo que trabajar más y más rápido para cumplir con la lista de actividades que me auto impongo o que “siento” que se me exigen, cuando se tratan de discursos que fueron hechos desde nuestro estado de ánimo.

Desarrollar las habilidades de generar distinciones para transformarnos en observadores de estos estados de ánimo, tener la capacidad de escucharnos, y rediseñar nuestras narrativas, discursos que nos generar la “tonalidad” con la que vemos el mundo desde el cual hablamos.

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