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Tenemos la creencia de que las dependencias del gobierno no logran producir los resultados que la población espera: enfocar sus intereses hacia el cumplimiento del bienestar social, sin lograr la adecuación, articulación y eficacia de determinados medios a los objetivos.

Las estructuras jerárquicas de los organismos gubernamentales actuales impide que las ideas llegan a los niveles de toma de decisiones por falta de comunicación efectiva y desconfianza; en los cargos medios, poca gente sabe trabajar en equipo, al tener gran número de candados y oficios, obligando a que las propuestas o proyectos pasen por muchas manos, lo que va diluyendo la resolución y el propósito de las propuestas; así es como esta estructura jerárquica limita la acción.

Las organizaciones han sido capaces de funcionar eficazmente con el modelo de “mando y control” y que ha crecido bajo el supuesto de que el orden jerárquico es un mecanismo de control y coordinación necesario y eficiente. La razón es que es el modo seguro de proceder, y hemos sido capaces de funcionar bajo dichos condiciones en un entorno razonablemente predecible y estable.

Esto se debe al miedo y a la ansiedad de “pérdida de control” o de “supervivencia”, que no sólo experimentan las personas que trabajan al interior de una institución gubernamental. A menos que cambiemos esta perspectiva, no llegaremos a nuestros objetivos, alcanzaremos nuestros ideales y, en casos extremos, no sobreviviremos. Sin embargo, también nos produce ansiedad la idea de renunciar a algunos de nuestros supuestos y prácticas tácitas, la llamada ansiedad del aprendizaje.

La falta de entendimiento del trabajo en equipo, disminuye las capacidades de comprensión y acción holística. Como gobierno se tendría que trabajar por un bien común y no por intereses particulares. La inercia del día a día hace que el propósito de cada rol en particular se pierda, la forma en que cada plan tiene relación directa con las distintas áreas en las dependencias, y afectan o benefician a cada una de éstas.

Subsiste una falta de líderes, que crean en su trabajo, que enfoquen a los equipos a un fin común y motiven a las personas, uno de los mayores problemas creo es la perdida de sentido de porque se esta ahí. Hace falta pasión en lo que se hace. Creer en lo que se hace. La paradoja es que este no es un fenómeno exclusivo de las instituciones públicas, es fácilmente observable tambièn en el mundo privado.

Es común que perdamos el foco de las promesas que tenemos y que por lo mismo dejemos de llevar a cabo acciones claves por falta de claridad en distintos ámbitos de nuestra vida. Por ejemplo, si no declaramos el rol que desempeña cada persona dentro de una organización, tendremos problemas con la declaración de promesas y el cumplimiento de las acciones derivadas de esas promesas, o podemos tener problemas de estados de ánimo cuando miembros de un equipo sienten su espacio invadido por otros miembros del mismo, ya que no existe la declaración de los roles y reglas que desempeña cada integrante de un equipo de trabajo.

En la mayoría de los casos estos problemas surgen a partir de la falta de declaraciones de los líderes. La función de un líder es declarar los puntos anteriores para así llevar a cabo el trabajo del equipo. El enfoque a la estrategia por parte de las organizaciones y la resolución de toma de acción empieza a partir de las declaraciones de los líderes.

Los equipos exitosos son aquellos donde los integrantes del equipo se comprometen con la autoridad del líder, esto implica adquirir el compromiso de ejecutar sus declaraciones. Y estos se comprometen a respetar y a poner en práctica la misión, la división del trabajo y los estándares declarados por el.

¿Pero, qué sucede cuándo esto no ocurre? Precisamente empiezan a aparecer quiebres cuando el líder no hace uso del poder que le fue dado, el poder de hacer declaraciones y conducir a las personas que tiene a su cargo. El poder, es la capacidad de alguien que al hablar genera acción, la capacidad de que nuestras declaraciones sean aceptadas por una comunidad y nuestra aptitud para generar promesas y la confianza de otros. La autoridad personal o el liderazgo se fundamentan en el poder y credibilidad que le otorga la comunidad. El líder, como respuesta al punto anterior, debe de comportarse de forma coherente y congruente.